Así, tan simple. Sin pecado ni prisa. Sin muralla ni tiza. Sin manzana ni agujero. No tendré más que mi compañía. Porque hay quienes dicen que el hombre nace solo, crece solo, entiende solo, y muere solo. Y cuanta verdad en esas palabras. Pero para entender la grandeza de la triste soledad hay que involucrarse en un mundo tan ajeno a las relaciones humanas diarias en las que uno desarrolla la "normalidad", o mejor dicho, cotideaneidad de la vida, que es tan misterioso como el hoyo de Alicia. Un sueño, como la compañia más efímera. Será mi suerte hechada, entonces, a los confines de mi firmeza. Al límite de mis capacidades. A la seguridad de mi autoestima. En este viaje nuevo que me es tan menesteroso, he de forjarme entre acordes, letras, fotos, recuerdos, memorias, conversaciones, almuerzos, comidas, paseos, reflexiones, miradas perdidas y pensamientos vanos y metafísicos. Después del llanto viene un relajo, momentaneo, luego lloras más. Luego lloras al día siguiente, y el que le sigue. Y luego viene otra calma. Y quieres un hombro. Y quieres un pañuelo y quieres dejar de llorar. Y luego viene el relajo y le sigue otra calma. Y al día siguiente del último ya no lloras. Entiendes. Asimilas. Las heridas cicatrizan y ya dejaron su marca. Entonces se está listo para volver al ruedo. Pero he de recordar, cada vez que lea esto, que una vez que la pena pasa, una vez que se acepta la marca, una vez que se baja la carga y cuando el silencio comienza a desvirtuarse en la voz de un pensamiento memorioso, la felicidad no llega de chiripazo. He de entender, cada vez que lea esto, que una vez que completas el viaje, no sirve de nada si no compartes la vida. Pues si bien, vinimos al mundo tan solos como hemos de irnos, compartimos cada momento en este azar de relaciones humanas, y la felicidad no se enclaustra en uno mismo en una sociedad de muchos. La felicidad se comparte, pues viene del plural. La felicidad se vive de a varios si no simplemente no existe. La alegria viene de la calidez humana que engendramos los unos en los otros. Y si bien son necesarios momentos de "pause", para descansar las manos del teclado revoltoso, seguimos escribiendonos anecdotas y flores. Porque la vida es de uno con la influencia de muchos. Con su influencia... sin pecado ni prisa.