Nieva en verano, se traga al hombre la sierra. Los anillos no le comprometen y tiene sangre en las uñas.
Nieva en verano y veo el otoño en la madera. Se alargan las notas como montañas.
Sopla lento la brisa como en primavera. Se caen las nubes como el último día.
Mi voz rechina en el nudo. Los brazos lánguidos por el sol caliente. Mi pecho frío por el crudo azote. Y nadie se extraña de que se caiga el cielo, justo hoy, justo ahora y arriba mío, en pleno verano. Se embarcan los sueños arriba del piano. Y las gaviotas pasan lento como estrellas. Se queda la risa de los días viejos. Con miedo de ser de nuevo.
La devoción se quedó en el campo junto a tu camisa. La eternidad se extiende como el vacío. Justo ahora, que quiero ser feliz. Los matices se quedan allá lejos, junto a tu carisma. El parpadeo y el interludio son sinónimos indómitos. El segundo de vida, más que la vida entera.
Me siento frágil, marcando la vida. Personal y en público. Tan absurdo, como el pez por los aires. Eterizando lo tangible, junto a las perlas de tu cuello. Junto a las marcas de mis ojos. Sobre los cortes de mis manos.
Flor de agua, hoja de carne. Crin de viento, negra arena… Estás a la luz en lo oscuro de la noche, como el suspiro frente a tu iris. Como el calor de tu entrepierna. Como el autor frente a sus versos.
Estas mismas paredes son las que se vendrán encima. Blancas como el aura de quien sosiega la piel más dura. Maderas como las de antaño ya no se hacen en este bosque. Mirando ciego hacia el futuro avanzo tanteando, buscando el roble.
En sepia, en braille, en canto y en un minuto. Se da el presente como el verano. Cae la nieve como un absurdo.
Nieva en verano y se me acaba el tiempo. Corre la tierra y me quedo quieto.