Simplemente respiraba profundo, erguía su columna de repente y se veía más alto.
Yo sentía un escalofrío en mi espalda cada vez que él se alzaba para cantar. Porque se veía tan grande diciendo cosas tan bellas, cantando notas tan luminosas, que dijeran tanto… delatando lo que el sentía. El tipo de la esquina no dejaba de mirar su vaso. Yo no dejaba de mirarlo. Se me apretaba el pecho. Se me empañaban los ojos. Tenia que sujetar mi nariz constantemente, pues algo me decía que sentíamos lo mismo. Cada vez que respiraba yo respiraba más profundo… y ella no dejaba de mirarlo, con la misma nostalgia con la que el cantaba, igual de iluminados ambos, iluminando el local.
No cesaba de mirar el cuadro, y el tipo de la esquina se servia otro vaso. Me dio la impresión de que yo conocía al que cantaba. De que ya nos habíamos visto en algún lugar. Que habíamos compartido miles de momentos, que habíamos platicado tardes enteras, de que el era un amigo, uno cercano, un hermano, un padre… yo mismo. Éramos iguales pues cada vez que cantaba decía lo que pensaba al mirarla a ella. Y yo sentía lo mismo por ti y entonces, si sentíamos lo mismo, él y yo éramos iguales. Él no podía dejar de mirarla… Yo no podía dejar de pensarte. Ellos se conocían, se contaban todo cuando se miraban, como nosotros cuando nos conocíamos. Cuando éramos uno. El tipo de la esquina miraba esta vez a la botella que parecía interminable, como el fondo de su vaso, como la canción de los amantes. Como las miradas de los cómplices. Como los recuerdos de ese rostro. Mi vaso en tanto ya estaba vacío. ¿Y en que momento? ¿En que momento bebí todo yo solo y se acabó el licor de esta noche larga? Él cantante esta vez alzó una nota larga y tangible, que parecía se iba a quebrar… Pero la sostuvo, mientras la miraba, mientras estiraba su mano hacia la mesa cuatro obviando la existencia de otras personas, siendo correspondido por aquella chica que desde la mesa mostraba su sonrisa diciendo “vamos, vámonos ya que la vida es muy corta, pero quédate siempre que lo que siento es grande”. ¿Es así el amor? ¿Es una nota larga y sostenible para quién quiere y puede sostenerla? ¿O es como una botella de licor en una noche sonámbula, que puede agotarse sin que uno se de cuenta y siente que no aprovechó de saborearla mientras existía? Entré en desesperación. Sentía que el cantante sonaba cada vez más fuerte, pero ya se bajaba del escenario. El de la esquina pedía otra botella pero talvez era la cuenta, y yo me quedaría ahí… solo con mi botella vacía. No! Yo soy el cantante. Yo soy quién siente eso tan noble. Iré a buscarte solo espérame. Cogí mi chaqueta del respaldo. Deje unos billetes, no sé ni cuantos. Mi maletín lleno de documentos. Es la decisión de mi vida, la que impulsa estás piernas a correr tan fuerte. Me escurrí entre la muchedumbre del local y salí al frío y el cantante sonaba en mi cabeza. “no puedo dejar de mirarte” decía. Y yo no puedo dejar de pensarte. Me recorría la ansiedad. Miré a ambos lados de la calle y corrí a toda velocidad hacia la derecha donde quedaba su departamento, con el maletín rebotando en mi mano. “5 cuadras y media pensé, y no puedo dejar de pensarte” y el cantante sonaba cada vez más fuerte. Corrí con el frío en mi cara y con tus labios en mi boca. Con el abrigo en mi espalda y el maletín en mi brazo. “no puedo dejar de mirarte” cataba, y yo no puedo dejar de pensarte. “2 cuadras nada más” y ver tus ojos mirar mi boca. El frío ni se sentía, de solo pensar volver a sentirte. Mi respiración cansada de correr no se compara con cansarse de la pasión que me entregabas. Te pediré perdón. Volveré a tus brazos! Solo espérame que falta una cuadra! El rasgueo de la guitarra sonaba ya en el estribillo y el cantante sostenía esa nota alta, y yo desde el otro lado de la cuadra vi tu pelo cayendo por tu espalda hablando por teléfono entrando al edificio. Ahora soy yo quién no puede dejar de mirarte, y solo pienso “Date vuelta, solo date vuelta y mírame que estoy aquí”. Estaba decidido. Crucé la calle. El maletín ya no me pesaba. El abrigo no era necesario. El cantante estaba calmado, también yo. No recuerdo si se dio vuelta. Solo sentí las llantas gastarse en el asfalto. El frenazo, como el tiempo detenerse de golpe. El cantante ahogaba el último aliento, como un grito. El maletín dejo mis papeles escaparse por toda la calle. Hacia el aire. “No puedo dejar de mirarte” decía. Y yo no puedo dejar de pensarte.