martes, 15 de marzo de 2011

2da parte, 1er capítulo.

(...) Así fué como vine yo. Yo, Ángel. como el ángel de la guarda. La luz senital que se esgrime cuando el sol quiere dormir. Soy defensor troglodita de mis convicciones. Carismático adherente de mis sueños elevados. Soy torpe como trongo y ligero como gas y paso desapercibido como sombra entre la multitud enagenada. Tengo un tronco largo que se erecta cuando tiemblo y manos temerosas para tocar el cuerpo tierno. La carne roja, la carne viva. Tu piel morena, tu alma frágil, tu corazon color oceano. Así fue como comenzé a bajar a la ciudad. A sentir suelo a cada paso. A verlos indiferentes en su día. A estar ausente en el presente, pues solo trabajo tiempo completo. Así tratando de correjir, de promover, procrear y "vivir", me volví tieso y taciturno y contraido e impotente, y sobrevivo... porque no vivo, y escribo, porque por cosas del destino aún me acuerdo de escribir. Pero los días pasan y pesan y creo que acá estoy olvidando, tan callado, como era eso de emocionarse. Hoy vi a Lucia con su vestido. Era verde y rallado, color de olivos, tras un cielo gris como el hormigón. La vi camino al colegio de la mano de su padre. Conversaban. Ellos caminan de frente, como caballos de carreras, tan cegados de su no-mundo, tan "in love" de su sistema. Ellos conversan sobre cosas que no tienen que ver con ellos, porque se comunican incomunicados y no deja de sorprenderme la emergencia de su pálpito, pues viven vidas urgentes mas sin tener nada importante, porque "Todo tiene que ser ahora, porque no habrá más tiempo adelante".
Las nubes hacian senderos conectados, como partituras manchadas de notas y gotas de café tras la noche de trabajo. Pareciera que tras esas armonias se blandiera una pelea apoteósica, y que la sangre comenzaría a fluir en cualquier minuto con forma de gotas. Me sigo preguntando si la lluvia limpiará algo. O a alguien. A la salida de la escuela vi denuevo a Lucia, salia del colegio tomando la mano de un chico y se sentaron en una banca azul marino, desgastada y oxidada por los días viejos, que se ubicaba en la plaza a dos calles del lugar. Los seguí, porque debo cumplir con ciertas horas del trabajo. Conversaban como Lucia con su padre. Y tal como Lucia con su padre ellos tampoco conversaban sobre sus vidas, conversaban de cualquier otra cosa, porque querían conocerse. Un vendedor de palmeras, pasó ofreciendo de manera ostentosa y a gritos su manjar. Llevaba un delantal blanco y una gorra sucia, y las manos llenas de cortes y un anillo de metal. En la bandeja llena se reflejaba lo poco productivo de su día y la cara del hombre no marcaba la gran diferencia, pues practicamente humeaba. Lucia parecía desinteresada, cansada. Luego de un rato ambos se despidieron y yo seguí a Lucia, cuando en eso se abrió el cielo, y solo un rayo de luz. (...)